La seguridad alimentaria no solo se mide en hectáreas ni en toneladas cosechadas, también requiere una cadena energética confiable que garantice la producción de insumos, la irrigación de cultivos, la transformación agroindustrial y la conservación de los alimentos. Descubre cómo el gas natural y las nuevas tecnologías como el biogás conectan la energía con la mesa de los colombianos y con los mercados del mundo.
Cuando pensamos en el gas natural, lo asociamos fácilmente con el calor de nuestras cocinas, el confort de los hogares o su papel dentro de la matriz energética del país. Pero existe otra relación menos visible y, al mismo tiempo fundamental, la que conecta al gas natural con la producción de los alimentos que llegan todos los días a la mesa de los colombianos.
Hablar de seguridad alimentaria no significa únicamente hablar de cuánto se produce en el campo. También implica garantizar las condiciones energéticas necesarias para producir, transformar, conservar y transportar los alimentos de manera eficiente. En otras palabras, la seguridad alimentaria también tiene una dimensión energética.
La energía está presente a lo largo de toda la cadena agroalimentaria. Desde los insumos que hacen posible una cosecha hasta los procesos que permiten transformar, refrigerar, almacenar y transportar los productos, cada etapa necesita fuentes de energía confiables y disponibles. En este contexto, el gas natural cumple un papel que muchas veces pasa inadvertido.
Del gas a los fertilizantes que hacen posible la producción
Uno de los vínculos más directos entre el gas natural y la agricultura está en la producción de fertilizantes nitrogenados.
El gas natural es utilizado como materia prima y fuente de energía para producir hidrógeno que, al combinarse con el nitrógeno permite obtener amoniaco, base para la fabricación de fertilizantes como la urea. De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (IEA), el gas natural es la principal fuente de hidrógeno utilizado actualmente en la producción de amoniaco y puede representar entre el 70 % y el 80 % de los costos operativos de producción de amoniaco y urea.
Esto evidencia una conexión vital: detrás de la productividad de nuestras tierras existe una cadena de insumos donde la energía tiene un papel determinante.
Contar con un suministro energético confiable y competitivo contribuye a generar mejores condiciones para que agricultores y agroindustrias mantengan su productividad, optimicen sus procesos y respondan a una demanda de alimentos que continúa creciendo.
Agua y energía: el gas natural impulsando la irrigación del campo
La producción agrícola en regiones con altas temporadas de sequía enfrenta un reto constante: garantizar el suministro de agua para mantener los cultivos vivos y productivos. En departamentos como el Magdalena, el gas natural se ha convertido en un aliado silencioso pero indispensable para la sostenibilidad de la agricultura de exportación.
Un caso representativo es el de C.I Agrícolas Las Flores, empresa dedicada a la producción y exportación de banano, mango y otras frutas hacia Europa, Estados Unidos y Canadá. En el Magdalena, el banano es un cultivo sumamente exigente en agua. La transición de los antiguos métodos de riego por inundación hacia motores diésel, eléctricos y, finalmente, motores a gas natural, ha posibilitado la continuidad de esta actividad agropecuaria que, sin irrigación, sencillamente no existiría.
El uso de gas natural en los sistemas de riego genera beneficios estratégicos para la competitividad del sector:
- Eficiencia hídrica y menor huella de carbono: Con más de 9 millones de metros cúbicos de gas utilizados al año para accionar las bombas de agua, el sector ha optimizado sus esquemas de irrigación hacia sistemas de aspersión, microaspersión y goteo combinados con fertirriego. Esto permite reducir significativamente tanto la huella hídrica como la huella de carbono.
- Estabilidad en la producción todo el año: Contar con un suministro constante de agua mediante motores accionados por gas evita fluctuaciones bruscas en los volúmenes de producción. Esa estabilidad convierte al país en un proveedor confiable frente a los compradores internacionales semana tras semana.
- Impacto social y económico: El desarrollo de la producción bananera impulsada por el gas natural en la región soporta más de 19.000 empleos directos e indirectos, genera más de 450 millones de dólares en divisas y permite la exportación de más de 50.000 contenedores anuales a través del puerto de Santa Marta.
Del campo a la mesa: energía para transformar y conservar
La seguridad alimentaria no termina cuando se cosecha un producto. En ese momento comienza un nuevo recorrido: selección, procesamiento, empaque, almacenamiento, transporte y comercialización.
En cada uno de estos procesos la energía es indispensable. La agroindustria requiere energía térmica para actividades como la cocción, pasteurización, secado, transformación y empaque de alimentos, donde el gas natural aporta continuidad y eficiencia operativa.
La cadena de frío es otro ejemplo de esta relación. Carnes, lácteos, pescados, frutas y verduras requieren temperaturas controladas para preservar su calidad e inocuidad hasta llegar al consumidor. Una infraestructura de refrigeración eficiente previene pérdidas y desperdicios de alimentos a gran escala.
Por eso, en Colombia, fortalecer las condiciones energéticas de la agroindustria no solo reduce desperdicios, sino que permite agregar valor a lo que se produce en las regiones y llevar productos de excelente calidad a los centros de consumo.
Del residuo a la energía: nuevas oportunidades para la economía circular en el campo
La relación entre energía, agricultura y agroindustria también abre paso a modelos de economía circular, donde los residuos orgánicos dejan de ser un pasivo ambiental para convertirse en recursos de alto valor.
A través de tecnologías como la digestión anaerobia, los subproductos agropecuarios pueden transformarse en biogás —utilizable para generar energía eléctrica o térmica— y, mediante procesos de purificación, en biometano.
Un gran ejemplo de este potencial en Colombia es la planta de La Fazenda, en el departamento del Meta. Allí, el aprovechamiento de los residuos de la actividad porcícola permite generar biogás, integrando soluciones de energía renovable directamente a la operación y cerrando el ciclo de nutrientes.
Este tipo de iniciativas demuestra que las regiones con vocación agropecuaria pueden convertirse en auténticos centros de innovación energética, capaces de transformar los desperdicios de la porcicultura, la ganadería y el procesamiento de alimentos en energía limpia para su propio autoconsumo.
Conoce más sobre esta experiencia y el potencial del biogás en el campo colombiano en el siguiente video:
👉 La Fazenda y el aprovechamiento energético de los residuos
Una cadena que necesita energía para funcionar
La conversación sobre seguridad alimentaria suele concentrarse en la disponibilidad de tierras, agua, semillas, productividad y condiciones climáticas. Sin embargo, detrás de cada plato servido y de cada contenedor exportado existe una cadena energética que permite producir, procesar y transportar esos alimentos.
Por eso, la seguridad alimentaria y la seguridad energética están estrechamente relacionadas.
El gas natural participa en todos los eslabones: desde la fabricación de fertilizantes y el accionamiento de los sistemas de riego, pasando por la energía para procesos agroindustriales, hasta las oportunidades del biogás y biometano para dar valor a los residuos del campo. El gran desafío del país es continuar desarrollando una infraestructura energética confiable, competitiva y diversa que acompañe las metas de desarrollo territorial.
Impulsar la cadena energética es, en última instancia, fortalecer un campo colombiano más competitivo, sostenible y preparado para alimentar el futuro del país y del mundo.
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