Hablar de transición energética en Colombia suele asociarse con avances, descarbonización y sostenibilidad. Sin embargo, los datos más recientes evidencian una paradoja que merece atención: mientras el país impulsa una agenda climática ambiciosa, parte de la industria está migrando hacia energéticos más intensivos en carbono.
Esta situación configura lo que desde la industria se ha denominado un “retroceso silencioso”.
Entre 2025 y enero de 2026, la industria colombiana sustituyó cerca de 38 GBTUD de gas natural por otros energéticos. El resultado es contundente: un incremento cercano a 164 mil toneladas de CO₂ equivalente al año. Más que una proyección, se trata de un impacto real que pone en evidencia tensiones estructurales en la transición energética.
La paradoja de la transición energética
Durante más de cinco décadas, el gas natural ha sido un habilitador clave en la transformación energética de la industria colombiana. Su adopción permitió sustituir combustibles más contaminantes como el carbón y el fuel oil, contribuyendo a mejorar la eficiencia productiva y reducir emisiones.
Hoy, ese avance enfrenta un punto de inflexión.
La pérdida de competitividad del gas natural, asociada principalmente a restricciones en la oferta, está llevando a la industria a optar por energéticos más económicos en el corto plazo, pero con mayores impactos ambientales.
Como lo ha señalado Luz Stella Murgas, presidenta de Naturgas: “Estamos viendo un retroceso silencioso en la transición energética del país”.
Este fenómeno plantea una pregunta crítica: ¿Puede avanzar la transición energética si las señales de mercado están impulsando decisiones que aumentan las emisiones?
La anatomía de la sustitución: hacia dónde está migrando la demanda
La evidencia muestra que no se trata de una transición hacia fuentes renovables, sino de una sustitución hacia combustibles más intensivos en carbono en una proporción significativa.
Este comportamiento está directamente relacionado con la naturaleza del sector industrial. Representa cerca del 30% de la demanda total de gas natural en el país y opera bajo condiciones de alta competencia, donde el costo energético es determinante.
La infraestructura y los procesos productivos que hoy dependen del gas natural se han construido durante más de 50 años. Sin embargo, en los últimos seis años la demanda ha caído cerca de un 30%, lo que sugiere un deterioro progresivo en las condiciones de competitividad del energético.
Más allá del CO₂: implicaciones en la calidad del aire
El impacto de esta sustitución no se limita al aumento en emisiones de gases de efecto invernadero. También tiene efectos directos sobre la calidad del aire y, por ende, sobre la salud pública.
El gas natural ha sido reconocido como un energético de transición no solo por su menor intensidad de carbono, sino por su capacidad de reducir contaminantes locales. Frente a otros combustibles, permite prácticamente eliminar las emisiones de dióxido de azufre (SO₂) y reducir de manera significativa el material particulado fino (PM2.5) y los óxidos de nitrógeno (NOₓ).
Cuando la industria migra hacia combustibles como el carbón o el fuel oil, estos beneficios se pierden. Esto implica mayores niveles de contaminación en zonas industriales y un impacto directo en la calidad de vida de las comunidades.
La discusión energética, en este contexto, trasciende lo ambiental y se conecta con un tema de bienestar colectivo y de la salud de las personas.
El mito de la electrificación inmediata
Ante este escenario, suele plantearse la electrificación como una alternativa inmediata para reducir emisiones. Sin embargo, desde el punto de vista técnico y económico, esta transición no es universal ni inmediata.
Muchos procesos industriales requieren calor de media y alta temperatura, para los cuales la electrificación aún enfrenta limitaciones relevantes. A esto se suman barreras como los altos costos de inversión, la necesidad de adecuaciones tecnológicas y los retos asociados a la confiabilidad del suministro eléctrico en procesos continuos.
Si bien existen soluciones en desarrollo, su implementación masiva requiere tiempo, planificación y condiciones habilitantes.
De manera similar, otras alternativas como el bagazo presentan restricciones en términos de disponibilidad, eficiencia y logística, lo que limita su aplicabilidad a gran escala.
Por esta razón, la transición energética industrial debe entenderse como un proceso gradual, donde diferentes energéticos cumplen roles complementarios según las condiciones tecnológicas y económicas de cada proceso.
Un síntoma estructural: la caída en la oferta de gas natural
El comportamiento de la demanda industrial no puede analizarse de forma aislada. Está estrechamente ligado a la evolución de la oferta de gas natural en el país.
En 2025, la producción nacional registró una caída del 17%, reflejando el declive de campos existentes y la ausencia de nuevos proyectos que compensen esta tendencia.
Esta reducción impacta directamente la disponibilidad y el precio del gas natural, afectando su competitividad frente a otros energéticos.
En este contexto, las decisiones de la industria responden a señales económicas inmediatas, lo que termina generando efectos ambientales no deseados.
Hoja de ruta: condiciones para una transición ordenada
Evitar este retroceso implica fortalecer las condiciones que permitan mantener al gas natural como un energético clave en la transición.
Esto requiere una visión integral que combine seguridad energética, competitividad y sostenibilidad.
Entre las acciones prioritarias se encuentran:
- Impulsar la exploración y el desarrollo de recursos locales
- Diversificar las fuentes de suministro, incluyendo opciones internacionales
- Fortalecer la infraestructura de transporte y distribución
- Establecer señales regulatorias claras que promuevan la inversión
En este escenario, proyectos estratégicos como Sirius adquieren una relevancia particular. Su desarrollo podría aportar cerca del 45% de la demanda nacional de gas natural, contribuyendo a mejorar la disponibilidad del energético en el mediano plazo.
Así mismo, la habilitación de fuentes externas puede jugar un papel complementario para garantizar un suministro confiable y competitivo.
Una transición que exige coherencia
La transición energética no se define únicamente por metas, sino por la coherencia entre las decisiones de política, las señales de mercado y las condiciones de oferta.
El caso de la industria colombiana evidencia que sustituir un energético relativamente más limpio por otros más intensivos en carbono no acelera la descarbonización, sino que la compromete.
Como lo ha enfatizado Luz Stella Murgas: “Más gas natural es lo que necesita Colombia”.
Este planteamiento no implica frenar la transición, sino reconocer el papel del gas natural como un habilitador para avanzar de manera ordenada y sostenible.
Evitar el retroceso, acelerar la transición
El incremento de 164 mil toneladas de CO₂ es una señal clara de que la transición energética industrial enfrenta desafíos estructurales que deben ser abordados con urgencia. Más allá de la cifra, lo que está en juego es la dirección del proceso de descarbonización en el país.
Mantener el gas natural como energético de transición permite no solo reducir emisiones, sino también proteger la calidad del aire y preservar la competitividad de la industria y de Colombia.
La transición energética no puede construirse a partir de sustituciones que incrementen la huella ambiental. Requiere decisiones informadas, coherentes y alineadas con una visión de largo plazo.
Porque avanzar hacia un sistema energético más limpio no es solo una meta. Es una responsabilidad que exige rigor técnico, coordinación institucional y una lectura clara de la realidad.








